ANA LA VOZ QUE DESPIERTA LAS MONTAÑAS
Hay artistas que no solo cantan sobre la tierra. Hay quienes, como Ana, le cantan a la tierra.
POR MIGUEL ÁNGEL MATEOS
Hay escenarios que no necesitan telón, ni focos, ni humo artificial. Basta una terraza antigua, el aire cálido de agosto y la certeza de que lo que va a pasar allí no se repetirá jamás. Ana Häsler, mezzosoprano de raíces profundas y alma viajera, regresó este fin de semana a Antas, su lugar en el mundo, como quien vuelve al origen para regalar lo más valioso: su voz.

Y no vino sola. Llegó rodeada de amigos, cómplices de escena y de vida. La soprano Patricia Calvache y el maestro Miquel Ortega —pianista, compositor, y mago de los silencios— convirtieron el “cine de Paca”, como aún le llaman los vecinos, en un templo lírico donde la música se volvió memoria, emoción y aliento.
No fue solo un recital. Fue una ofrenda emocional. Strauss, Turina, García Abril… y también Ortega, que hizo suyos los acordes del paisaje. Hubo zarzuela, ópera y hasta una carta desde Siria, leída con voz temblorosa, que atravesó la noche como una plegaria. La escribió Assel Massoud, soprano exiliada por razones que nada tienen que ver con el arte y todo con la vergüenza de un mundo que aún no sabe escuchar.
Pero el festival no se quedó en la gala. Al día siguiente, el CICA —ese lugar mágico que investiga los secretos de El Argar— se convirtió en un patio de sensaciones. Un desayuno con productos de aquí: naranjas, aceite, bizcochos caseros. Y después, una experiencia donde el sabor y la música se abrazaron sin pedir permiso.

La Lucastería —pequeño obrador madrileño especializado en tartas de queso artesanales— estuvo presente con una propuesta dulce y emocional: cuatro tipos de tartas de queso, cada una con personalidad propia, coronadas con toppings únicos y siropes elaborados con hidromiel de la firma sevillana Valhalla. Entre tarta y tarta, un pequeño canto de Ana, un susurro del alma, y un showcooking en directo donde pudimos ver, oler y saborear la fusión entre lo ancestral y lo contemporáneo.
Y no solo fue ese sirope dorado el protagonista: el público también pudo degustar distintas variedades de hidromiel Valhalla, una maravilla de bebida que sorprendió, emocionó y acompañó cada instante con su personalidad milenaria. Se brindó, se disfrutó y se repitió, porque cuando la historia y el sabor se dan la mano, el paladar no olvida.
Y cuando ya parecía que no quedaba más por sentir, el Coro Sol de Habaneras de Almería cerró el festival en la plaza del pueblo, con canciones que sonaban a sal, a despedida y a promesa de regreso. Ana, de nuevo en escena, puso la guinda con “La Paloma” y “Yo te diré”. La emoción no se puede escribir, pero allí estaba, entre las luces del atardecer y el brindis final con vino Antas.
El Argar Musical no es solo un festival. Es un latido que cada año suena más fuerte, gracias a la generosidad de quienes creen en la cultura como se cree en la lluvia: como algo que hay que cuidar para que todo florezca.
Porque cuando Ana canta, la tierra escucha.
Y cuando el pueblo vibra, ya no hay vuelta atrás: la belleza se queda a vivir.
Fuente: donchicote.com